Hay otro ángulo: la ética del consumo cultural. Pedir “gratis” cuando la creación implica trabajo es una contradicción emocional. Aplaudimos la creatividad y al tiempo minimizamos su precio. Eso no es solo economía; es una decisión sobre cómo queremos que las historias sigan existiendo. Si preferimos la gratificación inmediata sin costo, aceptamos que algunas voces dejarán de producirse o que el contenido se volverá más homogéneo, diseñado exclusivamente para el algoritmo que paga mejor.