La vida les enseñó una lección de humildad: separación no era sinónimo de final absoluto. Juan Pablo comenzó a tomar clases de fotografía, algo que siempre había postergado; buscaba capturar el mundo con la misma paciencia con la que ahora arreglaba relojes. Diana, en sus viajes, empezó a documentar paredes, texturas y rostros, y mandó a Juan Pablo fotos nocturnas de murales iluminados por faroles. A veces, en la distancia, se sentían orgullosos uno del otro.